Charla entre las dos palmeras

—¿Tú crees que lo sabrán?
—Sí, esto ha sido muy gordo, no me puedo creer que nos haya dejado.
—Tengo miedo, ¿cuántos amigos van ya?
—He perdido la cuenta, es tan duro lo que está pasando con los viejos…
—Estoy un poco asustada, la verdad. Nosotras también somos viejas, a ver si vamos a ser las siguientes.
—No, no creo, la gente está muy pendiente de nosotras, lo noto.
—Mira, ¿ves a esa mujer con el perrito?
—Sí, pasea mucho por aquí.
—Pues escucha, escucha lo que está diciendo.

… Leo y yo volvíamos ayer a casa para el aplauso de las ocho de la tarde. Hacía un calor agobiante y la gente caminaba con desgana. La brisa se convirtió en un viento fuerte y huracanado que levantaba hojas, guantes de plástico y todo lo que encontraba a su paso.
Nosotros aceleramos el paso Gran Vía arriba a fin de acabar nuestro paseo en la plaza Elíptica. A Leo le gusta levantar la pata en uno de sus arbustos. De pronto, escuché un ruido extraño y mis ojos contemplaron a cierta distancia unas imágenes desconcertantes…

—Ese ruido, se me ha quedado grabado.
—Todavía estoy temblando.

… en la acera de enfrente un gran tilo se inclinaba con lentitud hacia la calzada. Las personas que paseaban corrían para ponerse a salvo, los ciclistas aceleraban su marcha. Los que empujaban las sillas de ruedas proporcionaron a sus ocupantes una carrera que, seguramente, nunca olvidarán. Un autobús urbano frenó en seco y el que le seguía pudo detenerse a unos centímetros. Los policías estacionados en las inmediaciones desviaron el tráfico y despejaron la zona…

—¿Tú te imaginas?
—Terrible.

…por fortuna, el malherido tilo supo morir dignamente, sin herir a nadie. Los pájaros que anidaban en sus ramas ya no se escucharán cuando la ciudad esté silenciosa…

—Pobrecillos, están desolados.
—Si no encuentran cobijo, nosotras les acogemos.
—Escucha, que esto también es importante.

… esta mañana, he querido ir a visitar los restos del centenario tilo. Un jardinero municipal me ha dado unas ramas que darán aroma a mi casa hasta que se sequen y me ha dicho que el árbol tenía más de cien años y que parte de sus raíces se habían secado debido a una zanja que abrieron a sus pies para canalizar la fibra óptica. Me ha explicado que hace unos años cayó el del otro lado…

—¡Es verdad!
—Me acuerdo perfectamente.
—Y tú espera, que al de su izquierda le están haciendo lo mismo.
—No lo entiendo, ¿es que no piensan?
—Claro que piensan ¡En lo suyo!
—Como les vea les tiro un dátil.
—Un coco les tiraría.
—Lo malo es que los que deciden y firman no pasean por aquí.
—Ya, y los que cortan las raíces son unos mandados.
—Vaya pandilla de incompetentes, hay una falta de sensibilidad terrible.
—Sí, pero no todo el mundo es así…

… mientras regresaba a casa con las ramas del tilo en la mano, recordé el poema de Antonio Machado “A un olmo seco”, que días atrás había escuchado cantar a Serrat mientras hacía un poco de ejercicio en casa. Consulté en internet la letra de la poesía y con sorpresa comprobé que fue escrita un 4 de mayo. El mismo día que cayó este árbol en la Gran Vía 108 años después.
Al famoso tilo del Arenal, cuyas raíces dicen que llegaban hasta la Plaza Nueva, el periodista Esteban Calle Iturrino le escribió este epitafio: “Era muy viejo y muy bilbaíno”. Murió a los 132 años a la una menos diez minutos de la madrugada del 1 de abril de 1948, derribado por un viento huracanado. Aquélla misma noche acudieron muchos bilbaínos a despedirse del árbol y llevarse unas astillas y unas hojas. Había sido testigo de procesiones, grandes fiestas o desfiles triunfales del Athletic. Pero también de bombardeos, huelgas y manifestaciones.
Unamuno escribió cartas de amor bajo su sombra y Antonio Trueba esperaba la inspiración junto al querido árbol. Ramiro de Maeztu y José Ortega y Gasset llegaron a recitar algunos de sus poemas bajo el mítico tilo. Tanta debía ser la fuerza y la magia que destilaba el árbol que hasta Zuloaga lo pintó…

—Escuchando estas palabras, ¿no tienes la sensación de que se está perdiendo el respeto, el culto que tenía nuestra ciudad al árbol?
—Sí, no es una sensación, es una certeza.
—A ver si esto que está pasando ahora les hace reflexionar.
—Ya podía ser verdad y nos dejan quedarnos aquí para siempre.
—No las tengo todas conmigo, que desde mayo ya pueden venir a por nosotras.
—Ay, sí, que el obispado ya ha obtenido la autorización para cambiarnos de sitio.
—Si Machado levantara la cabeza…

SOL DE INVIERNO

(con el permiso de Antonio Machado)

Es mediodía. Un parque.
Invierno. Anchas sendas;
simétricos montículos
y ramas desnudas.
Bajo las dos palmeras,
bancos de madera
y en un rincón del parquecillo,
niñas y niños. Bullicio.
Un viejecito dice,
a su compañera de banco:
¡El sol, esta hermosura de sol!
La infancia juega…
El agua de la fuente
resbala, corre y sueña
clamando muy bajito:
¡Qué suerte tener
este huequito!

113 años después

2 respuestas a «Charla entre las dos palmeras»

  1. Necesitamos espacios verdes. Necesitamos espacios con luz.
    Necesitamos más aire en la ciudad y menos cemento. Necesitamos salud y sin esos espacios será más difícil tenerla. Por favor tengan conciencia social y hagan un parquecito no más.

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